DE AQUELLOS POLVOS, ESTOS LODOS

 


El viernes 13 de agosto de 1982, el gobierno mexicano anunciaba que no podía hacer frente al pago del servicio de la deuda exterior. Todo el sistema financiero internacional se tambalea. Pero antes veamos como se llegó a esta situación.


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De aquellos polvos, estos Iodos

Vamos a intentar comprender cómo pudo llegarse a esta situación. Porque las catástrofes ocurren de pronto, pero se han ido preparando lentamente.

Durante los años 70 había tanto dinero disponible como consecuencia del constante bombeo
   (1)
de petrodólares realizado por los países de la OPEP que la tasa de interés que se cobraba       (2)
por los préstamos exteriores era muy baja; tan baja que ni siquiera superaba la inflación y el
dinero salía prácticamente gratis. Siendo tan buen negocio en aquel tiempo contraer deudas, era lógico que muchos países del Tercer Mundo, sobre todo de América Latina y África, aprovecharan la ocasión.

Lo malo es que a partir de 1979 cambió la situación. La inflación había sido notablemente          (3)
controlada y en cambio los tipos de interés no dejaban de subir: Estados Unidos los elevó
tan desmesuradamente que los demás países
industriales tuvieron que imitarle para tratar de frenar el éxodo de capitales hacia Norteamérica, De hecho, los tipos de interés del mercado de Londres -el famoso Libor (London interbank offered rate)-, que raramente superaron el 7 u 8 por 100 para dólares a seis meses, llegaron a casi el 20 por 100 a mediados de 1982.

La elevación de las tasas de interés no afectó a los préstamos ya concedidos por el FM; (Fondo Monetario Internacional), y los Gobiernos, que suelen ser a Interés fijo, pero afectó a los de la banca privada, que se revisan cada seis meses. Y éstos representaban en 1982 el 62 por 100 del total, de modo que los países del Tercer Mundo necesitaban destinar cantidades cada vez mayores para el servicio de la deuda ya contraída.

Además, la subida del dólar encareció hasta casi duplicar el importe de sus deudas                  (4)
expresado en monedas nacionales. Y para colmo las exportaciones del Tercer Mundo cayeron
en picado
porque los países industrializados, con el fin de proteger su economía, gravaron con fuertes aranceles las importaciones. Los precios de los productos básicos llegaron a ser en 1982 un 43 por 100 menores que en 1974. Por ejemplo, el vacuno que exportaba Argentina pasó de 2,25 dólares el kilo a 1,60; el azúcar de Brasil y del Caribe pasó de 79 centavos el kilo a 27 centavos; etc.

Lógicamente, si los países del Tercer Mundo vendían menos que antes y a precios mucho         (5)
más bajos, no podían obtener las divisas que necesitaban para hacer frente al servicio de la
deuda. Argentina habría necesitado casi el doble de los ingresos por exportaciones que obtuvo
en 1982 para hacer frente ese año a los vencimientos de su deuda. Tampoco México, Brasil y Chile habrían tenido las divisas necesarias aunque hubieran destinado a ese fin todas las que obtuvieron por sus exportaciones.

Además de las dificultades surgidas por culpa del desorden económico internacional hay otras imputables a los gobernantes del Tercer Mundo. Muchas veces, para obtener la oportuna comisión o «mordida»), no discutieron las condiciones de los créditos permitieron grandes evasiones de capital o las llevaron a cabo ellos mismos y emplearon mal el dinero. Empecemos por esto último:

El dinero de los préstamos, en efecto, cada vez se fue empleando de forma menos rentable.     (6)
Lo más "ortodoxo" es destinarlo a realizar aquellas inversiones productivas que no podrían
llevarse a cabo con el insuficiente ahorro interno, porque los beneficios que se obtengan con ellas hacen posible amortizar la deuda. Y, de hecho, éste fue el uso predominante desde mediados del decenio de los sesenta hasta comienzos del de 1970.

Entre 1973 y 1978, el bajo costo de los intereses reales animó a muchos países, sobre todo
de América Latina y África a pedir también préstamos para financiar grandes inversiones         (7)
públicas (auditorios, centros Universitarios, edificios administrativos, carreteras…), que eran prestigiosas desde el punto de vista político y social, pero contribuyeron poco al crecimiento económico y a generar divisas para hacer frente al servicio de la deuda.

Por último, durante el periodo 1979-1982. como consecuencia de la caída de precios de los productos básicos que exportaba el Tercer Mundo y del encarecimiento del servicio de las deudas
ya contraídas, se empezaron a pedir préstamos para equilibrar la balanza de pagos y hacer
frente como fuera a los vencimientos de los préstamos anteriores. Así se entraba en una            (8)
espiral vertiginosa que solo podía conducir a la suspensión de pagos e incluso a la quiebra.
Para colmo, cuanto más difícil se hacia la situación, más aumentaron en los países del Tercer
Mundo las fugas de capitales
. Se calcula, por ejemplo, que en Venezuela a mediados de           (9)
febrero de 1982 representaban una media de 150 millones de dólares diarios. En cuanto a
México, cuando el 1 de septiembre de 1982 el presidente López Portillo nacionalizó los sesenta bancos del país, les acusó de haber permitido una fuga en los dos últimos años de 22.000 millones de dólares. Ya dijo Pío XI que para el dinero «la patria está donde se está bien» (Quadragesimo anno, 109).

Y, naturalmente, también tienen culpa los bancos. Para que tantos países se hayan endeudado
tan irresponsablemente hizo falta que los bancos prestaran irresponsablemente (o que, al       (10)
menos, se hayan equivocado). La anécdota contada por Silva Herzog, de cómo pocos días
antes de la declaración de impagos de su país los banqueros hacían cola para concederle préstamos, es elocuente.

Los bancos creyeron ingenuamente que los «deudores soberanos» no suspenderían pagos nunca, porque les bastaba aumentar los impuestos o incluso emitir moneda; y se encontraron una vez más con un problema viejísimo (recordemos que un libro famoso de Ramón Carande se llama Carlos V y sus banqueros, 2 vols., Madrid, 1943.1949).


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