Llegan las elecciones, y como cada cuatro años, quienes hemos cumplido 18 años recibimos una insistente invitación a no perdernos la "fiesta de la democracia". Nos dicen que hay gente que tuvo que luchar por la llegada de la democracia, ¡y ahora no les podemos fallar! Nos dicen que ir a votar no es sólo un derecho, sino un deber de buenos ciudadanos. Nos dicen que si no participamos, después no tendremos derecho a quejarnos. Pero cuando finalmente llega el día de ir a votar, la realidad es que hay mucha gente que se queda en casa. De hecho, cada vez hay más, y en algunas ocasiones, incluso son más quienes no votan que quienes lo hacen. ¿Por qué no van a votar? ¿Qué les pasa? ¿Acaso no están a favor de la democracia?

Por otra parte, todos los días escuchamos noticias sobre protestas ciudadanas. Unos no quieren el túnel del AVE bajo la Sagrada Família, otros no quieren una cárcel cerca de su casa, y aún otros rechazan el nombre que el Ayuntamiento ha decidido poner a una plaza de su barrio, y proponen otro distinto. Pero, si en una democracia los gobernantes son escogidos por el pueblo, y por lo tanto sus decisiones son legítimas, ¿Por qué hay gente que se opone? ¿Y por qué se manifiestan en la calle, pintan pancartas, escriben cartas a los periódicos, y después no van a votar, que parece una cosa mucho más sencilla de hacer? ¿Qué les pasa? ¿Tal vez están en contra de la democracia?

En realidad, a unos y otros les pasan cosas muy diversas. De hecho, si preguntamos a la gente si están a favor de la democracia como concepto, una mayoría abrumadora nos dice que sí. ¿Cómo podrían no estar de acuerdo con un sistema político que dice que el poder reside en todos y cada uno de los miembros del pueblo? Ahora bien, si preguntamos a la gente si están contentos con "su" democracia, es decir, con la de su ciudad o país, hay muchos más que nos dicen que no; que no se sienten del todo bien representados por sus gobiernos y representantes políticos, que no tienen la sensación de tener capacidad de influencia sobre las decisiones que toman estos gobiernos, que los gobernantes no los resuelven sus problemas, y que, en definitiva, les parece que su voto no sirve para mucho. No es que no les guste la democracia como sistema, es que no les satisface la forma cómo funciona a la práctica. Ahora intentaremos saber porqué, y sobre todo, analizaremos si este "desafecto" tiene remedio.


Una democracia imperfecta

Vivimos en una democracia: ¡El poder para el pueblo!. Pero... realmente el pueblo tiene el poder? Mmmm... en realidad lo que sucede en una democracia representativa como la nuestra es que, cada cuatro años, a través de unas elecciones abiertas a todos los partidos políticos que se quieran presentar, todos los ciudadanos mayores de edad escogemos unos representantes, que a su vez elegirán un gobierno. Al cabo de cuatro años, estamos invitados a volverlos a votar si nos ha gustado lo que han hecho, o a votar otros si no nos ha gustado. Así pues, ¿El pueblo tiene el poder? En parte sí; no debemos menospreciar un sistema que nos permite a todos participar, escoger entre una diversidad de opciones, y tener una cierta capacidad de control sobre lo que hacen los que nos mandan. Es más de lo que habíamos tenido nunca. Pero tenemos que ser conscientes de que se trata de una forma bastante imperfecta para qué el pueblo ejerza su poder. Veamos por qué:

La primera razón es que ir a votar a un partido es como elegir entre una serie de restaurantes donde el menú está cerrado: sólo hay un primero, un segundo y un postre. Imaginad que habéis cumplido dieciocho años y es vuestra primera oportunidad para votar en unas elecciones: os gusta la política ambiental del PCX, pero no las propuestas económicas que tiene. Pensáis que, en materia económica, los del PCX son poco atrevidos, la ZWU está mucho mejor, pero el problema es que no podéis ver al líder de ZWU ni en pintura: es un pretencioso que no sabe hablar. De hecho, como líder preferiríais la secretaria general del NYFF, pero no os explicáis que hace esa mujer en ese partido de zopencos. No os gusta el NYFF. Si os preocupa encontrar empleo, votaríais ZWU; si pensáis que lo más importante es prevenir el cambio climático, mejor PCX; y si pensáis que el país precisa una presidenta con carisma, NYFF es vuestra opción. Y pues, ¿Qué deberíais hacer? En realidad, ésta es la situación en la que nos encontramos mucha gente cuando vamos a votar: si cogemos la papeleta de un partido y la ponemos dentro de una urna, estaremos eligiendo un menú cerrado con todas las personas y todas las ideas de aquel partido. No tenemos la oportunidad de expresar opiniones y preferencias a la carta. No podemos elegir una combinación de ideas y candidatos, de aquí y de ahí, que se ajusten mejor a lo que nosotros pensemos. No podemos expresar opiniones concretas para cada uno de los problemas concretos que tiene la sociedad. A menos, claro está, que cuando nos preocupa una cosa... salgamos a la calle, pintemos pancartas, o escribamos cartas a los periódicos.

La segunda razón es que ir a votar es como dar un cheque en blanco a los representantes políticos para que hagan y deshagan durante cuatro años. ¿Cuántas veces no habréis oído a alguien decir que "los políticos sólo se acuerdan de nosotros cuando se acercan las elecciones"? Tal vez se acuerden más a menudo, pero lo cierto es que, entre elecciones y elecciones, los ciudadanos no tenemos ningún mecanismo para hacer que los representantes pasen cuentas de lo que hacen y lo que dejan de hacer. No los podemos cambiar por otros si no hacen aquello que habían dicho que harían, o si lo hacen mal. Sólo nos queda jurar y perjurar, en castellano y arameo, que cuando pasen los cuatro años no los volveremos a votar. A menos, claro está, que decidamos salir a la calle, pintar pancartas, o escribir cartas a los periódicos.

La tercera razón es que, tal como tenemos organizada nuestra democracia, todo debe pasar por los partidos políticos, que son quienes presentan las listas de personas y los programas electorales que nosotros podemos votar, quienes hacen los pactos para elegir un gobierno, quienes deciden qué leyes tienen que votar nuestros representantes y cuáles no, etc... Para qué el sistema funcione bien, los ciudadanos que quieran participar activamente en política, expresar sus ideas y ser escogidos como representantes, tendrían que apuntarse a un partido político. De hecho, hasta hace unos años esto funcionaba realmente así, y casi todo el mundo que tenía una cierta preocupación por los problemas públicos militaba en algún partido. Pero las cosas han ido cambiando. Hoy, a mucha gente concienciada políticamente los partidos le resultan más bien antipáticos: los ven como estructuras cerradas y oscuras, a menudo demasiado jerárquicas y poco democráticas, dónde la discrepancia y el debate de ideas no siempre están bien vistos, y en los que los lugares de representación los ocupan unas personas que son verdaderos profesionales de la política, no ciudadanos normales y corrientes como ellos. Por este motivo, mucha gente con ideas y opiniones políticas prefiere expresarlas apuntándose a una asociación, una ONG, o incluso... saliendo a la calle, pintando pancartas, y escribiendo cartas a los periódicos.

Podríamos seguir hablando de las limitaciones de la democracia representativa, pero creo que a estas alturas la idea ya está suficientemente clara: es un buen invento, pero necesita mejorar. El "pueblo", o al menos una parte de él, tiene ideas, sabe expresarlas, y tiene ganas de ejercer su poder en formas que van más allá del sistema de elecciones de nuestra democracia representativa. ¿Tenemos algo para ofrecerles, o les invitamos a que sigan saliendo a la calle, pintando pancartas y escribiendo cartas a los periódicos?


¿Y por qué no lo decidimos todo entre todos?

Ante las limitaciones de la democracia representativa... ¿Por qué no nos deshacemos de políticos y partidos, y ponemos en práctica la democracia directa? Siempre y en cualquier situación: un ciudadano, un voto: ¿Hace falta subir las pensiones de la gente mayor? Decidámoslo entre todos. ¿Se debe dar más dinero a los países en desarrollo? Decidámoslo entre todos. ¿Por qué lo tienen que votar unos representantes políticos salidos de unas elecciones y no lo votamos todo entre todos? ¿Acaso los ciudadanos no tenemos formación y capacidad para entender los problemas y decidir sobre la solución que nos parece mejor? ¿Acaso Internet no nos permitiría hacer votaciones electrónicas con un simple "clic" desde casa, todos los días si fuera necesario, para decidirlo todo entre todos? Y, pues, ¿por qué no lo hacemos?

De hecho, no es fácil decir por qué no lo hacemos, pero el caso es que hasta la fecha ningún país ha dado el paso. Pero tal vez un día no muy lejano sucederá, no lo podemos descartar. Lo que sí podemos decir, de todas maneras, es que algunas personas encuentran algunos problemas a la democracia radical. Así, pues, intentemos no dejarnos llevar por el entusiasmo e intentemos ponderar las ventajas e inconvenientes que tendría. Hay quién dice que una democracia de más calidad no es tanto aquélla en qué todos votemos compulsivamente sobre todo, todos los días y a toda hora, sino aquélla en qué todos participemos de la deliberación y la reflexión sobre los problemas antes de tomar decisiones. Tal vez penséis que son ganas de fastidiar, pero el argumento es digno de ser tenido en cuenta: ejercer el poder en la arena pública no sólo consiste en decidir, sino en contrastar opiniones, valorar ventajas e inconvenientes, y reflexionar sobre quién gana y quién pierde con cada decisión antes de tomarla. De hecho, nadie dice que esto, que en parte ya es lo que hacen los políticos en el Congreso, no lo podamos hacer también los demás ciudadanos. Pero eso ya no se hace con un simple "clic" en Internet; ciertamente, la cosa se vuelve más complicada. Otros piensan que si todos participásemos en la toma de decisiones siempre barreríamos para casa, cada cual miraría por su propio interés y nadie velaría por el interés general. Otros opinan que los ciudadanos somos incoherentes porque lo queremos todo: menos impuestos, pero más carreteras, hospitales y escuelas, y que esto es imposible, es como la cuadratura del círculo ¿Cómo se pueden hacer más cosas con menos dinero? Hay quién dice que los ciudadanos no entendemos la complejidad de algunos problemas, que no podríamos decidir con conocimiento de causa sobre cuestiones como, por ejemplo, la reforma del sistema sanitario o la regulación de los operadores de telecomunicaciones. ¿Qué sabemos los ciudadanos sobre sistemas sanitarios y operadores de telecomunicaciones? Otros argumentan que no tenemos que menospreciar la importancia de los líderes políticos que nos ofrece la democracia representativa. Los líderes (y las líderes) no son sólo individuos pasivos que representan las ideas y preferencias de los ciudadanos que les han votado, cómo quién representa los derechos de uno futbolista en la negociación de un contrato, sino que ellos mismos generan opinión, propuestas, e ideas, y tienen una gran influencia sobre las preferencias e ideas de los ciudadanos. Necesitamos, dicen, líderes para poder avanzar. Ya veis, pues, que hay quién no lo ve todo de color rosa y, si bien no decimos que estos argumentos sean todos ciertos, ni que debamos estar necesariamente de acuerdo con ellos, sí que nos parece bueno tenerlos en cuenta.

Sin embargo, y a pesar de estos posibles problemas, cada vez hay más gente que piensa que los ciudadanos somos suficientemente grandecitos e inteligentes cómo para qué el sistema nos reserve sólo el triste papel de juzgar cuáles son los representantes que nos parecen mejores. Por ello, poco a poco se han ido ensayando e introduciendo mecanismos de participación ciudadana en la toma de decisiones públicas, que si bien no llegan a la revolución de la democracia radical, sí que constituyen un paso hacia una mayor implicación ciudadana en la resolución de los problemas públicos. Fórums ciudadanos, consejos ciudadanos, núcleos de intervención participativa, conferencias de consenso, presupuestos participativos, son algunos de los nombres que toman estos mecanismos. En general, consisten en que un grupo de ciudadanos (a veces representantes de asociaciones, a veces escogidos al azar, a veces todo el mundo que quiera participar) reunidos durante unos días, deliberen y recomienden decisiones sobre cuestiones que les afectan. El objeto del debate es variado: a veces los debates son temáticos (tratan sobre políticas de sostenibilidad, juventud, cooperación, etc.), a veces son más bien estratégicos (se debate, por ejemplo, cómo se quiere que sea la ciudad del futuro), y algunas veces se centran en una decisión muy concreta (por ejemplo, cómo se debe diseñar un parque público, o qué uso se debe dar a un terreno vacío). En algunas ocasiones, el objeto de debate es el propio diseño de los presupuestos públicos, es decir, se pide a la gente que decida qué hacer, exactamente, con el dinero de todos.

La conclusión de buena parte de la gente que ha participado u organizado estas experiencias de democracia participativa es que van en la buena dirección, pero que aún les queda mucho camino por recorrer. Que se tienen que mejorar, que hay que saberlos abrir no sólo a aquéllos que ya participan de otras maneras en el debate público (representantes de ONGs, asociaciones de vecinos, etc.) sino también a los ciudadanos que habitualmente se mantienen al margen de todo; y que se tienen que poder extender a otros temas, no sólo a aquellos que convienen a las instituciones que los convocan. ¿Hacia dónde podemos extender estas experiencias? Pienso que tiene más sentido debatir sobre aquellas cuestiones sobre las que no estamos muy de acuerdo. Imaginad que todos los especialistas en la materia estuviesen de acuerdo en que lo mejor para que podamos tener más canales de televisión es sustituir la señal analógica por la digital terrestre. O imaginad que casi todos los ciudadanos estuviéramos de acuerdo en que vale la pena gastarse más dinero en hacer más quirófanos para qué la gente pendiente de una operación no se tenga que esperar tanto. No tiene mucho sentido debatir estos temas, y ya está bien que unas personas se dediquen a ellos y los solucionen. La participación tiene más sentido para aquellas cuestiones en qué ni especialistas ni ciudadanos estamos de acuerdo. Por ejemplo: el cambio climático. ¿Cuál es la mejor solución para emitir menos CO2, y cuánto menos queremos emitir? ¿Ponemos un impuesto sobre la gasolina para que la gente coja menos el coche? ¿O sobre los billetes de avión, que es un medio de transporte muy contaminante? ¿O hacemos centrales nucleares, que no emiten CO2, pero tienen otros problemas? O por ejemplo: ¿Qué es mejor para los niños recién llegados del extranjero que no saben aún catalán ni castellano? Es mejor que estén un año en un centro especial donde se les pueda dar todas las atenciones para que aprendan mejor los dos idiomas y se preparen bien para dar el salto a la escuela? ¿O es mejor que vayan directamente a la escuela para que conozcan de buen principio a los otros niños, aunque les cueste comunicarse y no entiendan bien las clases. Sobre estas cuestiones, y otras muchas, ni los especialistas, ni los ciudadanos, tenemos una idea clara de lo que es mejor. Y todos, unos desde su conocimiento profesional, y otros desde la experiencia de vivir que implica ser ciudadano, tenemos criterios y opiniones, podemos convencer, podemos dejarnos convencer, y podemos llegar a un compromiso. ¿No creéis que merece la pena probarlo?

Para acabar, querría que tuvierais una cosa en cuenta. La política no es sólo una cuestión de procedimientos: no se trata sólo de si los ciudadanos participamos a través de unas elecciones poniendo una papeleta en una urna, o hablando y escuchando en un foro participativo. La política es conflicto, porque en los pueblos, ciudades y países hay gente diferente, con intereses diferentes, e ideas diferentes. Unos quieren unas cosas y otros quieren otras. Por ello tenemos que mirar de tomar las decisiones que nos afectan a todos entre todos, de la mejor manera posible. Pero eso no quiere decir que todo el mundo quede contento. Por mucho que mejoremos los mecanismos de nuestra democracia, siempre habrá quién... salga a las calles, pinte pancartas y escriba cartas a los periódicos. Porque hacerlo, de hecho, también es una forma de participar en democracia.